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ORATORIOS Y ERMITAS DE ONTINYENT

Prólogo Bellamente confluye en sus ermitas el sentir de la tierra y la historia de Ontinyent. Por eso aplaudimos la feliz ocurrencia que ha tenido Rafael Bernabeu Galbis, al emprender y terminar esta gran obra dedicada a las ermitas y santuarios ontiñentinos. Ontinyent es un valle, del poniente y del Sur levantino, donde empieza Valencia a endurecerse, y por tanto la vida de sus gentes, hecha dura también muchas veces, les obliga a rezar. Pero es valle risueño, verdeante y soleado, donde España interior, ya asomada al balcón del Levante, se siente tan festiva que da gracias a Dios, como si todos los días cayeran en domingo. Por eso aquí la tierra sugiere las ermitas. Por aquí, dominaron los moros esta tierra ya empapada en cristianismo. Es cierto que no consta que existieran las ermitas, anteriores a los moros, por la zona concreta que hoy ocupa Ontinyent. No consta de forma directa, pero al menos indirectamente podemos tener de ello algún indicio. Toda ermita, es verdad, viene de yermo, que es igual como desierto (dicho en latín “eremus”). Sin embargo, las ermitas de los tiempos visigodos, imitadas ellas de las orientales, de Grecia, de Egipto, de Siria, del Asia Menor, se construyeron en forma de cueva entre las peñas, y ello hay indicio en Ontinyent, justo encima de las fuentes del Pou Clar (¿cómo ascenderían los monjes hasta esos ventanucos?). Lo bien cierto es que, después de los moros, llegó la Reconquista, que aquí por las tierras valencianas debió de ser doble, repetida, reiterada. Y tan costosa fue la doble reconquista, del Cid y de Don Jaime, que los nuevos cristianos quisieron plantar en sus lomas, como enseña de Cristo, de su Madre gloriosa y de sus santos, las benditas ermitas del entorno. Ya la ermita se olvidaba del yermo y de las peñas, para ser construida en el valle. Este valle que, a parte del resto del que es llamado de Albaida, lo forma Ontinyent solo, con sus seis mil casas de campo y sus docenas de ermitas y oratorios. Las antiguas ermitas tenían ermitaño, que era el monje que moraba en cada una de ellas. Las modernas ermitas han sido a lo largo de los siglos atendidas por docenas de frailes y de clérigos que moraban los conventos o las casas parroquiales. Un ermitaño es ahora el sacristán, labrador, cazador y buscador de setas o “pebrasos” que atiende la ermita. El último que yo he conocido de San Esteban se llamaba Hermosilla; quedan sus nietos por el pueblo. El pueblo que mora en este valle no es apenas rural, sino más bien señor, industrial y artesano, pero aún en su vasta campiña sigue siendo labriego, castizo, tradicional. Y el signo que ha igualado desde siempre a los señores, a los campesinos y obreros, han sido las iglesias, los santuarios y las ermitas de Ontinyent. Dejando un poco al lado los templos suntuosos y esbeltos de la extendida ciudad (que otro día habrá que ocuparse con más minucia de ellos), Rafael Bernabeu Galbis ha recogido esas flores silvestres que son las ermitas y los oratorios. Adorno sagrado del valle amenísimo, que engalana su piel variopinta, igual como el cuello de sus hijas se engalana con la cruz diminuta y dorada o la medalla de la Virgen. Hay ermitas de cumbre señera, como San Esteban; ermitas de altozanos o colinas, como la de Santa Ana, Santa Bárbara, San Onofre (tristemente desaparecida); ermitas del llano, como San Vicente o San José del Pla; ermitas del páramo a medio camino de la sierra, que así está Morera. Hay ermitas 2


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