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ORATORIOS Y ERMITAS DE ONTINYENT

celebraciones eucarísticas. Terminada la misma, se servía a la familia y amigos asistentes, una suculenta chocolatada con pastas hechas en la misma finca. Durante la Guerra Civil fue saqueada y destruidas las imágenes. La despoblación de las fincas como consecuencia de la industrialización, imprime tristeza y ruina en las casas; son pocas las habitadas, y en su mayor parte, por personas de avanzada edad o de escasas posibilidades económicas. De aquellos tiempos en que formaron un conjunto vecinal solo queda el recuerdo. Ahora he vuelto para fotografiar este lugar y describir su oratorio. Mentalmente he remontado el tiempo, situándome a principios de los años cincuenta, cuando los días festivos me distraía recorriendo el término municipal con una vieja y destartalada bicicleta. Entonces aquí, en una tarde de domingo, a los acordes de la música interpretada por un acordeón, y ejecutada por un joven llamado Rafael Barber, de la vecina población de Aielo de Malferit, participé en un animado baile junto con un grupo de jóvenes y muchachas del lugar. Era tradicional que esas reuniones dominicales, de aquellos bailes, se realizaran cada domingo cambiando de sitio, en ellas se formalizaban los noviazgos. En aquéllos tiempos, eran una forma de eludir la intolerancia mantenida por el alcalde y otros regidores locales surgida después de la Guerra Civil, debido a la rigidez moralista, que unilateralmente prohibieron de una forma rígida el baile “agarrado”. Hasta tal punto llegaron en la persecución de los mismos, imponiéndose astronómicas multas gubernativas, que dejaron a la población un desagradable malestar general, al ser muchos los multados. El alcalde y algunos miembros del Ayuntamiento de entonces, creyeron que con este intolerante proceder robustecían la autoridad local, y ella era secretamente aborrecida y rechazada. Solo consiguieron amedrentar a los habitantes de Ontinyent con su irrazonable proceder. Nunca mejor aprovechada aquella frase de Thomas Fuller cuando dijo “Una justicia rígida es la mayor de las injusticias”. 159


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