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LOS ESCUDOS NOBILIARIOS DE ONTINYENT

INTRODUCCIÓN Cuando en mi adolescencia, allá por los años cuarenta, mi maestro me sugirió la novela universal de Miguel de Cervantes Don Quijote de la Mancha para las vacaciones estivales, nunca pensé que aquella lectura, casi forzada entonces, ahora me serviría como base para hacer la introducción de este estudio de la Heráldica en Ontinyent. Una curiosa coincidencia cuando en el año 2005, se ha conmemorado el 400 aniversario de la publicación de su primera parte. En el capítulo XVIII de la primera parte, Miguel de Cervantes ya habla de heráldica y pone en boca de Don Quijote estas palabras: “...Aquél caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta, que, según es fama es una de las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus enemigos...” Los heraldistas antiguos más reconocidos fueron Bartolomé de Sossaferrato, nombre con el que es conocido Giovanni Battista Salvi y Juan Rothe de Turingia. Éstos y otros anónimos de la literatura medieval junto con los poetas épico, surgidos a partir del siglo XI, van trasmitiendo de forma oral las gestas épicas, los hechos heroicos y las leyendas poéticas a la gente del campo, que para salir del tedio escucha con deleite las composiciones de los juglares,. Según varios tratadistas, los escudos de armas comenzaron a usarse a finales del siglo XI y se pintaban para identificar a los caballeros en las guerras, justas y torneos. Los símbolos debían distinguirse claramente desde una distancia de “un estadio” (unos 150 metros), espacio aproximadamente que se utilizaba . Una de las justas más sonadas es la de 1186 en París donde perdió la vida Godofredo Plantegenet, hijo de Enrique II, rey de Inglaterra. Los ejercicios de justas o torneos entre grupos consistían en romper lanzas contra los escudos de los caballeros. Los fragmentos o astillas de las lanzas rotas solían producir numerosas heridas y obligaban a los contendientes a cubrirse con piezas de hierro, que los hacían irreconocibles, de ahí que se hiciera necesario su distinción mediante algún símbolo bien visible. El equipo del luchador se componía de armas ofensivas como la espada, la lanza y la daga, y de armas defensivas como el casco, el peto y el escudo de armas, que era el que tenía mayor superficie. En los escudos de la Edad Media aparecían dibujos esquemáticos de vivos colores al principio y no se representaba ningún animal. Más tarde, aparecerán animales, como el león, siempre de perfil, aunque posteriormente se dibujará de lado, rampante, acostado o sentado. En la heráldica castellana estas figuras aparecen mirando a la izquierda, pero en la heráldica valenciana también las hay mirando a la derecha. Con el transcurso de los siglos, la heráldica ha evolucionado y ha ido adquiriendo características diferentes. A principios del siglo XII sólo se quiere señalar la identidad del caballero. En el siglo XIII se ponen las armas personales que pasan a ser hereditarias del mismo linaje. Y el gran desarrollo de los escudos corresponde a los siglos XIV y XV , cuando aparecen los primeros tratados sobre heráldica con leyes y reglas. A este periodo le sigue la decadencia, siglo XVI, en el que la heráldica se transforma y llega a un tecnicismo exagerado que, por la mala gestión de los


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