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IMÁGENES DEVOCIONALES DE ONTINYENT

75 El zócalo de la iglesia de san Miguel está compuesto de azulejos de Manises, pero, a partir de la destrucción de todo los signos religiosos producidos en la Guerra Civil, sólo han quedado algunos motivos, recogidos y enmarcados, como el que nos muestra la imagen que se halla en la sacristía de Santa María. A principios del siglo XIII existió en toda la Iglesia un gran enfriamiento espiritual. Tanto es así que de haber seguido esta decadencia pudiera haberse perdido el adorable sacramento de la Eucaristía – misterio de fe por excelencia – debido, en gran parte, a la siembra herética del periodo anterior, que se dejó sentir de modo muy particular en el sur de Francia durante todo el siglo XII. Al mismo tiempo que Simón de Monforte abatía a la herejía, Dios le preparaba a su Hijo, indignamente ultrajado por los sectarios del Sacramento del Amor, un triunfo más pacífico y una reparación más completa. En 1208 una humilde religiosa hospitalaria, santa Juliana de Mont-Cornillon, cerca de Lieja, tuvo una visión misteriosa en que se le apareció la Luna llena, faltando en su disco un trozo. Después de dos años fue revelado que la luna representaba la Iglesia de su tiempo, y que el pedazo que faltaba indicaba la ausencia de una solemnidad en el círculo litúrgico: Dios quería dar a entender que debía celebrarse una fiesta nueva cada año para honrar con gran solemnidad a la Sagrada Eucaristía, ya que la fiesta del Jueves Santo, por su peculiaridad, no respondía a las necesidades de los pueblos inquietados por la herejía. El 11 de agosto para toda la Iglesia era la fiesta del Corpus Christi. En 1264 el Pontífice Urbano IV publicó la Bula “Transiturus de hoc mundo”, con la cual instituía que toda la Iglesia celebrara la fiesta del Corpus Crhisti. El citado Urbano IV determinó que los fieles celebrasen la fiesta del Corpus Crhisti, cuya veneración debía estar encuadrada dentro del tiempo litúrgico en que la Iglesia conmemora la iluminación efectuada por el Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Santo Tomás de Aquino fue el autor del himno que la Iglesia canta en su celebración.


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