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IMÁGENES DEVOCIONALES DE ONTINYENT

55 Una hornacina situada en la pared izquierda de la entrada principal de la iglesia monasterio de las monjas Carmelitas nos muestra estos azulejos con la imagen de los corazones de Jesús y María adorados por dos Ángeles. Bajo los mismos se hallan los tres clavos de la cruz y encima el Espíritu Santo. La devoción a los Sagrados Corazones tiene un origen bíblico. Ya el primer mandamiento dice “Amarás al Señor con todo tu corazón...” La palabra corazón determina el lugar físico donde caben las emociones, deseos, afectos, actitudes y sentimientos del ser humano; es decir: la parte más elevada del alma. Es el lugar donde la Virgen guarda las vivencias con Jesús (Lc 2, 19 y 2, 51). Por eso los corazones de Jesús y María están unidos. Pero lo más significativo que representa en la imagen de los corazones está sacado de dos textos: El corazón traspasado de Jesús (Jn 19, 34 y ss) nos muestra el momento en que el soldado con la lanza hirió el costado del Crucificado, del que brotó sangre y agua (signos sacramentales del Bautismo y la Eucaristía). Es una imagen de la pasión del Señor, por eso además de la herida de la lanza brotando sangre, está la corona de espinas y en fuego el amor divino. El corazón de María está traspasado por una espada (Lc 2, 39), en referencia a la profecía de Simeón, cuando presentaron al niño Jesús en el templo, que le predijo los sufrimientos por los que tenía que pasar. La imagen de los Sagrados Corazones ha inspirado la creación de muchas congregaciones y órdenes masculinas y femeninas, sobre todo en momentos difíciles de la historia, para en momentos de odio impregnar el amor de Dios. Cabe destacar la creada por Pedro Courdín en plena revolución francesa. Y otro destacado seguidor de los Sagrados Corazones fue el Padre Damián, apóstol de los leprosos. Esta cerámica, en el lugar que se ubica hace referencia al nombre de la iglesia de la Preciosísima Sangre del Señor, pero es que además, la fundación de este cenobio coincide con el momento en que el Patriarca San Juan de Ribera era Arzobispo de Valencia, muy devoto del Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo.


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