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IMÁGENES DEVOCIONALES DE ONTINYENT

98 Estos azulejos de san Caralampio, abogado contra la peste, pueden verse pegados al muro del monasterio de las monjas Carmelitas. Al ser derruidas las casas que daban a la parte frontal y que formaban una estrecha calle, han quedado más claramente a la vista. Esta calle era paso obligado para acceder a la fértil zona de huerta denominada El Llombo, huerta ubérrima, principal despensa de la población, y contigua a la puerta de sant Roc, que comunicaba con la antigua villa amurallada. El martirio de san Caralampio hay que situarlo en la época de las grandes persecuciones cristianas, en la Roma del siglo III, cuando fue proclamado César el emperador Severo Flavio Valero, quien, para contrarrestar el empuje del cristianismo, promulgó órdenes para que se adorara a los ídolos. El sacerdote Caralampio, rechazando los edictos del César, fue martirizado por predicar las enseñanzas cristianas. Los jueces mandaron quitarle las sagradas vestiduras, ordenaron que lo azotaran con garfios de hierro, lo cual los verdugos cumplieron, al tiempo que el santo daba gracias por haberle renovado el cuerpo y el espíritu. Ante este hecho los crueles verdugos, viendo la entereza y el coraje de Caralampio, dudaron si las órdenes que recibían eran justas o si al que azotaban tan brutalmente era el mismo Cristo. Estos verdugos llamados Porfirio y Bapto, ante la entereza del santo, quedaron convencidos de la fe de Caralampio y se convirtieron al cristianismo hasta las últimas consecuencias y, dando testimonio de esa fe, murieron mártires.


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