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MIS ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS EN 2010

LAS PASCUAS DE LOS AÑOS CUARENTA LOCLAR nº 258, 9-04-2010 De niño, en los años cuarenta del siglo XX – recuerdo – me gustaba mucho la Pascua Florida, por las vacaciones, por las merendolas de la mona y la estancia, fuera de un contexto normal, junto a la familia y los primos en la casita de mi abuelo Carmelo cerca de la ermita de santa Ana. Siempre he guardado con mucho cariño estos agradables motivos lúdicos, durante muchos años de la Pascua de Resurrección. Ahora, cuando contemplo fotografías de aquellos lejanos años, vuelven a la memoria aquellos momentos felices de mi infancia y juventud y no puedo resistir retenerlos en la memoria y, digamos, un impulso interior me fuerza a comentarlos en un recuerdo feliz. A partir de 1941, antes de celebrar la Pascua transcurría la Semana Santa. En nuestro Ontinyent, un ritual religioso se mantenía con unas costumbres muy rígidas, que hacían moda, y salirse de estos hábitos entonces, era muy mal visto; los actos penitenciales, las misas, las visitas a los monumentos, las procesiones...aunque poco a poco estas prácticas vinieron atenuándose. Durante toda la Semana Santa las emisoras de radio solo trasmitían música sacra. En muchos balcones se colocaban colgaduras, con un crespones negros. La llegada del Jueves y Viernes Santo el pueblo, podemos decir, se vestía de luto. Los bares, los casinos y cines cerraban completamente. Esporádicamente se representaba un drama teatral bien en el Patronato o Centro Parroquial de Santa María, alcanzando mucha notoriedad el drama “El Rey pacífico”. Esa clausura de bares y cines, tenía su explosión el Sábado de Gloria en que, cuando sonaban por la mañana las campanas, se procedía a hacer el máximo ruido. Se tiraban cohetes y los chicos, juntando varios cacharros, los iban arrastrando dándoles golpes y haciendo ruido. A este entretenimiento se le llamaba “els panderos.” Mucha gente se acercaba al Pou Clar, a la zona de La Farola o algún otro lugar, de los muchos de nuestro entorno para, en grupos, hacer corros, desarrollar juegos y bailes de tradición. En nuestra familia la fiesta de Pascua la celebrábamos en la casita, subíamos todos a pie, y como entonces existían pocos vehículos de tracción, solamente disponíamos del burrito del abuelo, y en él trasladábamos las cestas con el avituallamiento para varios días. Mas tarde, con el paso del tiempo, los gustos, la edad y las circunstancias fueron variando.. Aquellos juegos al aire libre con mis primos y otros amigos vecinos, la confección de la típica paella, guisada con sarmientos de la viña, el vuelo de un cachirulo, por la tarde la merienda con la típica mona de Pascua y el huevo duro. La noche, la pasábamos acostados en jergones de paja y una manta. Al despuntar el alba presenciábamos la salida del sol. ¡Que espectáculo mas bonito para un niño con diez o doce años!.. Con el paso de los años y más mayorcitos, las distracciones variaban. Ya no nos conformábamos con juegos de niños. Alquilábamos una gramola, movida por una manivela e improvisábamos en cualquier parte un baile, era enmendar, por nuestra cuenta, a lo que estaba prohibido por las autoridades locales. Nuestra ilusión era juntar un poco nuestro cuerpo con las niñas, que visto como hoy se unen en el baile, aquello era totalmente ingenuo. A la hora de comernos la mona, algún gracioso cambiaba el huevo a alguien sin que se diera cuenta, por uno sin cocer, que se rompía en la frente del que mas cerca se tenía y pobre del que le tocaba en suerte la pesada broma. Eran muy divertidas las risas que causaba esta gamberrada, viendo caer el huevo por la cara y la ropa. Pero, en fin, después de las risas, había disculpas para serenar los enfados, pero como estábamos todos contentos y era Pascua, seguía la broma, era Pascua.


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