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ONTINYENT ARTE E IGLESIAS

Sabía que aquellas almas rudas, pero intactas, ignorantes, pero entusiastas, hubiera podido, al fin, cambiarlas según su deseo, hacerlas ascender hasta Él. Pero fue menester, para tal mutación, la llama encendida del Espíritu Santo. Hasta Pentecostés prevalecieron demasiadas veces sus imperfectas naturalezas, cómplices de todas las caídas. Si miramos de cerca los Evangelios, a aquellos discípulos, no podemos menos que sentir apretado el corazón. Aquellos hombres afortunados que recibieron la gracia inestimable de vivir con Cristo, junto a Cristo, de caminar, de comer, con Él, de escuchar sus palabras de su misma boca: estos doce afortunados, a quienes millones de almas han envidiado secretamente a través de los siglos, no siempre se mostraron dignos de la suprema felicidad que sólo a ellos les tocó sentir. Les vemos duros de cabeza y de corazón, incapaces de mantener las más limpias parábolas del Maestro; torpes para entender, aún después de su muerte, quien era Jesús y de qué suerte era el Reino que anunciaba; faltos, muchas veces de la fe, de amor, y fraternidad; ambiciosos de recompensas, envidiosos unos con otros; impacientes de las recompensas con que han de encontrarse por su espera; intolerantes para quien no está con ellos, soñolientos, indecisos, terrenos, avaros, cobardes. Uno le niega tres veces; otro espera venerarlo cuando ya está en el sepulcro; un tercero no cree en su Resurrección; otro, en fin, lo vende a sus


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