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ONTINYENT ARTE E IGLESIAS

Todo discípulo, con serlo, no lo comprende todo, sino solamente a medias, es decir a su manera, según su capacidad de espíritu; por eso, aún sin querer traiciona la enseñanza del maestro; la deforma, la hace vulgar, la empequeñece, la corrompe... El discípulo tiene siempre compañeros, y, no estando solos, siente celos de los demás; quisiera ser, al menos, el primero entre los segundos. Por eso acecha a sus condiscípulos; cada cual cree ser único intérprete perfecto del maestro. En todo discípulo, aun en los que parecen más adictos y leales, hay la semilla de un Judas. Con todo, nadie ha podido prescindir de tales discípulos. Cristo estaba exento hasta de las pequeñeces de los grandes; pero, al aceptar todas las cargas de la Humanidad, no quiso tampoco eximirse de las que dan sus discípulos. Antes de ser atormentado por sus enemigos, quiso ser atormentado por sus amigos. Los sacerdotes le hicieron morir una sola vez; los discípulos le hicieron sufrir todos los días. Su Pasión no hubiera estado completa de crueldad de no haberle herido, además de los Saduceos y los Esbirros y los Romanos y la Plebe, el abandono de los Apóstoles. Jesús, como Galileo los escogió galileos: pobre, los adoptó pobres, sencillos, pero de una sencillez divina que sobrepujaba todas las filosofías.


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